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El mismísimo Dios (supuestamente, porque no se auto define como tal) les habla a los argentinos.
Dios nos cuenta que fue él quien nos salvó de perder la final del mundial 78 con Holanda, y el que evitó goles en contra con Brasil en 1990. Que no pudo hacer mucho contra Alemania en 2006 o contra Suecia en 2002 porque "el de abajo también juega". Y al final nos arenga para que recemos, pidamos, prometamos y amemos los colores por sobre todas las cosas, como una especie de mandamiento final.
Porque, como siempre: Dios es argentino
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